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El Alcohólico y su entorno

El Alcohólico y su entorno.

Dicen las estadísticas que por cada enfermo alcohólico hay seis personas afectadas. Familiares, amigos, compañeros de trabajo,… Seis por uno. Son muchos.

La industria de la recuperación les ha etiquetado como “co-adictos”. Así ha surgido una enfermedad alrededor de otra enfermedad, por eso hoy en día los tratamientos de alcoholismo cuentan con una división encargada de ayudar a las familias, con terapeutas especializados en ello y con un programa específico para ellos.

Los que trabajamos con familiares de alcohólicos primero tenemos que aprender a dejar de verlos sólo como víctimas del paciente. La ayuda a los familiares no es sólo recuperar al alcohólico, hay que dibujar y entender todo el sistema familiar, porque muchas veces la familia es un sistema alrededor de un problema.

“El Sistema” se convierte en el paciente. Intentamos abordar la dinámica que hay entre todos los miembros de la familia. Al principio algunas familias son muy resistentes a mirar el problema desde esta perspectiva, temen que la culpa recaiga sobre ellos, “Yo no tengo ningún problema, si el deja de beber yo estoy bien”, nos les gusta que se les incluya en el problema, sin embargo ellos son una parte muy importante de la solución.

Siete de cada diez pacientes son hombres, y en mi consulta la mayoría entre cuarenta y cinco y cincuenta y cinco años. Casados, con hijos. Por lo tanto tenemos de entrada a una mujer que he estado por lo menos quince años sufriendo un marido que bebe, que se emborracha, que muchas veces no sabe dónde está, que se gasta dinero que no tiene, que se pierde el desarrollo de sus hijos. Un marido que hay que disimular, que camuflar, que nadie sepa que bebe, que nadie sospeche de su dolor, todo están bien, si, quizás ayer bebió un poco de más, pero es que estaba celebrando un ascenso, es que era la fiesta de su jefe, es que es un cachondo, es que,…

Después esa mujer desdibuja el marido que tiene y vuelve a desdibujar al que le gustaría tener frente a sus hijos. Pero ellos van creciendo y tenemos a unos niños que crecen en el dolor. Crecen acunados por el llanto de una madre desesperada, con el miedo de no saber si su padre va a volver esta noche, sin entender por qué se comporta así, ¿estaré haciendo algo mal?. Y todo esto un día, y otro día, y un año, y otro y siempre y no para, y ya no soy un niño y por qué tengo que soportar esto.

Esa familia está en mi despacho. Algún hijo falta porque no ha podido venir. Está en tenis. Y les pregunto que qué tal están y me dicen que fenomenal y no me lo creo y empezamos bien.

A veces hay un interés exagerado en saber por qué. En conocer los orígenes de la enfermedad. Ellos han oído que puede ser genética y cargan la culpa a los antepasados, auto inducida por un consumo excesivo de alcohol y cargan de culpa al alcohólico o quizás es una respuesta a una experiencia traumática y todos se cargan de culpa por no haber podido ayudarse mejor,..,

Yo trato de salir de ahí, les propongo un viaje que va desde ser culpable a ser víctima. Todos son víctimas de la misma enfermedad, víctimas del alcoholismo, no víctimas los unos de los otros. Aquí la película ya cambia, ya no está el foco en el alcohólico y en todo el daño que causa, sino en las relaciones entre los distintos miembros de esa familia, entre ellos y en especial con el alcohólico. Muchas veces son esas relaciones las que mantienen viva la enfermedad. Insisto: no hay un culpable, no hay un principio, es un baile:

 

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